Yo nunca conocí a Ramiro Agulla. Nunca crucé una palabra con él. Nunca coincidimos en una agencia. Nunca compartimos una reunión, un café o una cerveza. Y, sin embargo, durante más de veinte años fue uno de mis maestros. No porque me enseñara directamente. Sino porque cada vez que veía una de sus campañas entendía, otra vez, hasta dónde podía llegar una idea. Ramiro no hacía publicidad. Eso lo hace mucha gente. Ramiro expandía los límites de lo que la publicidad podía ser. Mi