Sigue (y seguirá) siendo profundamente humano
- Martin Cheren

- 29 jul
- 2 min de lectura

Llevo un tiempo observando una tensión que, sospecho, veremos cada vez con más frecuencia.
Por un lado, profesionales con años -o décadas- de experiencia. Personas que han aprendido a construir marcas, liderar equipos, resolver problemas complejos y tomar decisiones cuando no existía un manual, ni un algoritmo, ni un prompt que ofreciera la respuesta.
Por otro, una nueva generación de perfiles que domina con soltura las herramientas de inteligencia artificial, pero que todavía está construyendo algo mucho más difícil de adquirir: el criterio.
Y la pregunta no es quién es mejor.
La pregunta es qué estamos valorando realmente cuando contratamos.
Porque la inteligencia artificial ha cambiado nuestra profesión. Y, sinceramente, me parece una de las herramientas más extraordinarias que han aparecido en décadas. Yo la utilizo todos los días. Me ayuda a explorar más ideas, acelerar procesos, contrastar enfoques y dedicar más tiempo a lo verdaderamente importante: pensar.
Pero una herramienta no sustituye el criterio.
No sustituye la experiencia de haber construido marcas.
No sustituye la capacidad de distinguir una gran idea de una simple ocurrencia.
No sustituye el liderazgo que hace crecer a un equipo.
Ni el juicio que se forja después de cientos de campañas, decenas de clientes y miles de decisiones.
La inteligencia artificial puede acelerar enormemente la ejecución. Pero el criterio sigue siendo profundamente humano.
El criterio es esa voz silenciosa que no aparece en ningún prompt. La que sabe cuándo una idea debe seguir creciendo y cuándo debe morir. La que distingue entre impresionar y emocionar, entre hacer ruido y generar valor.
Y ese criterio no aparece con una actualización de software.
Se construye durante años. Con aciertos. Con errores. Con campañas que funcionaron y otras que no. Con clientes difíciles. Con equipos diversos. Con mercados distintos. Con decisiones tomadas cuando no había ninguna certeza.
La inteligencia artificial multiplica el talento. No lo sustituye.
Y, cuando no hay talento que multiplicar, solo acelera los errores.
Quizá la verdadera ventaja competitiva ya no consista en elegir entre experiencia o inteligencia artificial.
Quizá esté en quienes han decidido evolucionar sin renunciar a aquello que les hizo valiosos.
Porque las herramientas seguirán cambiando.
El criterio seguirá siendo lo más difícil de construir.

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